El proceso de aprendizaje del dibujo es un camino que, si no se remueve demasiado, tendría que ser natural, plácido y alentador. Pero parece que los padres y educadores tenemos prisa y pedimos a los niños que aprendan a dibujar de la manera que un adulto (que no suele ser dibujante) cree que tiene que ser.

Los niños, cuando empiezan a dibujar, no lo hacen a partir de la percepción visual, no son sensibles a las formas concretas sino que dibujan a partir de la experiencia que tienen con todo aquello que transmiten al papel. Por eso nos encontramos dibujos con padres enormes, más grandes que la casa, hermanos pequeños minúsculos, cuellos inexistentes (¿de qué le sirve el cuello a un niño?;) o manos con dedos que cogen algo y sin dedos cuando no cogen nada…

Dibujan a partir de la experiencia que tienen con todo aquello que transmiten al papel. Por eso nos encontramos dibujos con padres enormes, hermanos pequeños minúsculos…

Es una propuesta muy extraña y habitual para un niño de primero de primaria, pedirle, por ejemplo, que dibuje un árbol que observe de la calle. Un árbol con el cual no ha tenido ningún contacto, no lo ha subido, no le ha arrancado los frutos o no lo ha abrazado. Un árbol más, que casi no ve. Si nos fijamos en el resultado de una propuesta de este estilo, donde se pide al niño que sea sensible a las formas que ve y no a las que siente, todos los dibujos de la clase se asemejan bastante, porque se copian entre ellos y procuran satisfacer la demanda del maestro que estira cada línea para conseguir un resultado digno de álbum.

Es a partir (siempre aproximado) del segundo ciclo de primaria, que los niños empiezan a ser sensibles a las formas del entorno y, de manera natural, lo dibujan percibiendo cada vez con más claridad las leyes de la perspectiva, proporción, color y estructura, que hace tres años les eran totalmente abstractos.

Lo único que podemos hacer como maestros es provocar el alumno desde los materiales y los apoyos.

No hay que forzarlo, pasa solo

Y yo pregunto, igual que a un niño que no sabe andar no le proponemos que haga la voltereta, ¿por qué tenemos tanta prisa para que los niños dibujen el entorno que les rodea? Lo único que conseguimos es ponerlos en un conflicto frustrante y poco alentador. Y garantizar que, así que pueda, aquel que no lo consigue, deje de dibujar.

Si permitimos que el dibujo de un niño vaya evolucionando, sin removerlo demasiado, irá desarrollándose tranquilamente hasta la etapa adulta. Lo único que podemos hacer como maestros es provocar el alumno desde los materiales y los apoyos. No les pidamos más, ¡no hace falta!

Glòria Vives: Colaboro con la Universitat de Barcelona, en la Facultad de Educación. Realizo talleres para maestros para escuelas públicas y entidades privadas, y hago charlas sobre expresión plástica en diferentes centros.