Ya estoy aquí, salté hace algunos meses. Es otro tiempo, otro espacio, ¿y yo, soy la misma? Los viajes implican desplazamientos, algunas personas somos amantes de recorrer geografías, otras pueden inventarlas quedándose quietas. Hace poco he llegado a Catalunya, después de vivir casi cuatro años en Colombia; éste es el lugar de tránsito desde el que hoy escribo.

Como educadora siento que mi toma de consciencia de los tránsitos es de suma importancia. He  ido dejando de lado la tendencia a definir y disfruto el saberme en tránsito, en constante transformación. Estoy viva, y eso es lo que guía mi práctica docente. Esa oda a la vida la he podido saborear, matizar y expandir viviendo en Latinoamérica, donde he aprendido a sentir en mí la fuerza vital. En la Universidad de Antioquia, Medellín, me he vinculado con el Grupo de Investigación Diverser desde donde dinamizamos muchas acciones educativas asumiendo y comprometiéndonos con la diversidad cultural. Un reto, porque todavía siguen presentes muchas formas de dominación entre los humanos, relacionadas con la idea de que hay maneras de vivir y de pensar la vida mejor que otras; modelos de sumisión, violencias físicas y simbólicas que siguen oprimiendo y que nos siguen alejando unos de otros. Si no podemos crear y crecer juntos, nuestra fuerza vital se extingue. Ante tal panorama, me inquieta pensar los gestos que permiten acercarnos a la diversidad cultural como fuente y fuerza de vida.

En primer lugar, pienso que las políticas educativas tienen que contemplar la capacidad de conversar como una de las claves para que nazca un ‘nosotros’ desde el tejido expresivo genuino de cada comunidad. Hoy día, la diversidad de manifestaciones culturales, y el acceso a ellas, abunda y eso es fuente de inspiración y regeneración constante. Considero que un educador es un buscador incesante de vida que disfruta compartiendo sus hallazgos; un educador es un agente político y cultural. Desde mis propias acciones en este sentido, me doy cuenta de cómo el hecho de propiciar espacios culturales de encuentro (lejos de la idea de una industria cultural de consumo) expande la consciencia de los habitantes en cualquier contexto. ¿Qué rituales de encuentro y de conversación alrededor de la cultura vivimos en nuestras comunidades?

Las políticas educativas tienen que contemplar la capacidad de conversar como una de las claves para que nazca un ‘nosotros’ desde el tejido expresivo genuino de cada comunidad.

La palabra dulce

Quiero mencionar aquí uno de los principios de la Pedagogía de la Madre Tierra1: la palabra dulce, cuando somos capaces de expresar ideas conectando la mente y el corazón. El poder que ofrece sentirnos escuchados por un corazón abierto es la invitación a expresarnos con sinceridad. Invito a la revisión de las prácticas de conversación en las que participamos habitualmente y al cuestionamiento de cómo este aspecto se da.

En segundo lugar, junto con la capacidad de conversar, añado la potencia del sentimiento de arraigo, de pertenencia a un sitio, como otra clave para fortalecernos y nutrirnos en la diversidad cultural. El proyecto capitalista, perpetuador de desigualdades sociales, utiliza la estrategia de la globalización para imponer cosmovisiones generando modas globales, y eso tiene consecuencias abruptas en nuestra construcción identitaria. También la homogenización, la creación de referentes estándares por medio de las industrias culturales nos vuelve miedosos ante lo diferente y eso conlleva la represión de la sensibilidad estética, acotando el abanico de nuestras posibilidades perceptivas y expresivas.

Junto con la capacidad de conversar, añado la potencia del sentimiento de arraigo, de pertenencia a un sitio, como otra clave para fortalecernos y nutrirnos en la diversidad cultural

Por otro lado, las modas globales nacen de empresas-monopolio que en su premura por ganar dinero nos cortan de raíz: nos hemos vuelto consumidores de productos de los cuales desconocemos su origen; todavía es escasa la consciencia sobre lo que hay detrás de todo lo que consumimos. En muchas ocasiones se trata de procesos irrespetuosos con la naturaleza, de abuso de mano de obra barata, de gente que muere para que otros puedan darse lujos sin preguntarse nada… La empatía con el mundo es otra cuestión que no dejaría escapar en cualquier propuesta educativa, y quizás esta empatía y conexión con el anima mundi es lo que nos daría raíz global, no como consumidores, sino como habitantes de una casa común, de un planeta que nos sostiene en vida.

Amar y agradecer

Pienso que para generar esa empatía hace falta enseñar a amar y a agradecer lo que nos rodea, tener consciencia histórica, preguntarnos por nuestros ancestros, valorar la sabiduría de los mayores y acompañarnos hasta el último momento. El hecho de reconocernos parte de un planeta común y, a la vez, de territorios diversos que lo componen, puede volvernos menos ambiciosos y más humildes si nos responsabilizamos de cuidar lo que queda a nuestro alcance, sabiendo de nuestras limitaciones como humanos, imbricados en los ciclos de la naturaleza particulares en cada contexto. Habitarnos dentro de las posibilidades que nos ofrece el cuerpo en su entorno próximo viene siendo otra lección pendiente.

En tercer lugar, siento que la apertura a la diversidad cultural exige la capacidad de recibir, ya sea en términos de conversar, que requiere saber escuchar, o en términos de acoger a alguien en el lugar que habitamos; saber ser anfitriones. Cuando nuestros pueblos, ciudades o comunidades se fundamentan en prácticas del cuidado y del afecto se convierten en territorios hospitalarios, con habitantes capaces de generar situaciones de encuentro. La capacidad de abrirnos al imprevisto, el poder de estar receptivos, es fundamental para que se den esas ocasiones de conexión con lo diverso. Esta es otra clave de urgencia para las sociedades actuales que sufren de movimientos migratorios en búsqueda de refugio cruzando fronteras que matan vidas. Más allá de lo normativo y de lo legal están los signos del amor, pequeñas resistencias cotidianas a las lógicas imperantes del sistema capitalista y patriarcal asesino. Se trata de gestos propios, tienen tantos autores como habitantes en este planeta; son diversos pero todos ellos tienen un tinte común, el poder de acoger, integrar y transformar. ¿Cuáles son nuestros gestos cotidianos de acogida de lo diverso?

La apertura a la diversidad cultural exige la capacidad de recibir, ya sea en términos de conversar, que requiere saber escuchar, o en términos de acoger a alguien en el lugar que habitamos; saber ser anfitriones.

Cada día procuro estar atenta a esos gestos infinitos; me insto a descubrir y crear posibilidades dignas en el oficio de vivir. Con este propósito nace la filosofía-metodología de Reescribir entre cuerpos2, un campo de indagación continua en el que me dedico a co-investigar lo social desde las nociones de presencia (explorando la dimensión estética de la educación, cómo nos hacemos presentes desde nuestro ser perceptivo y sensible), gesto (explorando la dimensión ética de la educación, cómo nos compartimos con el otro) y ritual (explorando la dimensión política de la educación, cómo construimos lugares en común).

Durante mi estadía en Colombia, me di cuenta de que Reescribir entre cuerpos presenta muchas coincidencias con el trabajo de los compañeros del Grupo de Investigación Diverser, sobre todo en los cuatro principios que guían la Pedagogía de la Madre Tierra. Junto con la palabra dulce, que ya he mencionado, desde esta pedagogía se nos invita a tres principios-gestos más: observar, estar en silencio y tejer.

Junto con la palabra dulce, que ya he mencionado, desde la Pedagogía de la Madre Tierra se nos invita a tres principios-gestos más: observar, estar en silencio y tejer.

Observar: como posibilidad de darnos el tiempo para escuchar y reconocer, supone un gesto de resistencia dentro de una sociedad del consumo que impone un ritmo frenético de producción agotador que nos deja anonadados.

Estar en silencio: permite darnos cuenta del ruido que nos rodea e invita a vaciarnos para encontrar un estado sereno desde el cual ser capaces de discernir.

Tejer:  Gesto antiguo, la capacidad de amalgamar, de enlazar mundos, desde el cuidado y el afecto, mano a mano, sabiendo el porqué de cada paso, creando así una red de afectos que nos sostiene, nos acoge y da coraje.

Como consecuencia de estos tres gestos, nos cuentan los Abuelos que nace la palabra dulce, el don de contarnos la vida de forma bonita porque así la sentimos.

Conversar, enraizarnos, saber recibir, observar, estar en silencio, tejer, cultivar la palabra dulce  son signos del amor, de apertura respetuosa a la vida diversa y fluctuante que somos. ¿Qué otros signos del amor somos capaces de crear y sostener en los lugares que habitamos hoy?

Noemí Duran es doctora en Artes y Educación, fundadora y coordinadora de la Casa Voladora-Casa Nido. Espacios para la escucha y la creación colectiva (https://casavoladora.wordpress.com). 

Notas:

1 Licenciatura universitaria que se propone desde el Grupo de Investigación Diverser en diálogo con personas que viven en comunidades indígenas, portadoras de los saberes ancestrales en Colombia.

2 DURAN, Noemí (2017): Reescribir entre cuerpos, caminos po(e)sibles. Transformar la educación. Barcelona: Editorial UOC. Colección Pedagogías Contemporáneas.

Más información: https://casavoladora.wordpress.com/reescribirentrecuerpos/