El primer septenio pone las bases del desarrollo mental, emocional y físico del resto de la vida. El enfoque antroposófico (base de la pedagogía Waldorf) nos da una visión holística que nos ayuda a comprender la importancia de estos primeros siete años.

Claudia es una niña de cinco años. Sus padres se desviven para que crezca sana, espabilada y feliz.

Desde que tenía pocos meses, siempre han procurado que se adaptara a las exigencias y al ritmo del mundo adulto, para que bien pronto se acostumbrara a todo. Es por eso que no le han ahorrado los cohetes de las fiestas, ni los desfiles del Carnaval, ni los viajes en avión… Y ahora se puede decir que está ya muy acostumbrada.

Sus padres están bien contentos, de la salud de Claudia. A los 5 años todavía no ha sufrido ninguna de las llamadas «dolencias infantiles».

Cuando se acercan el cumpleaños o las fiestas de Navidad, todo el mundo que le tiene que hacer un regalo tiene en cuenta, sobre todo, que sea útil para su desarrollo intelectual (puzles, rompecabezas, juegos educativos, etc.). También le llegan los juguetes que propician el juego simbólico: cocinita, tienda, comiditas (todo siempre de plástico, que se puede lavar con facilidad). Por supuesto, no faltan las muñecas de todo tipo: las que lloran, las que hablan, las que andan…

En su habitación, justo a los pies de la cama, hay un aparato de televisión. Pero Claudia sabe bastante bien que solo la puede poner si se despierta más temprano que los adultos, y, en este caso, puede ver solo los dibujos animados. Cuando llega de la escuela, solo le es permitido ver programas educativos y poner  algún DVD de películas infantiles.

A Claudia no le faltan estímulos que la ayuden a hacer sus aprendizajes con la máxima celeridad. De hecho, al acabar el curso de P4, a pesar de que la maestra no le puso deberes de verano, su madre no dudó en comprarle un bloque de fichas para que no olvidara lo que había aprendido durante el curso y entrara muy preparada a P5.

De muy pequeña ya se le observaba una gran destreza al manipular el ordenador de los padres e, incluso, las teclas de los móviles, así que este año los Reyes le han regalado una consola, y lo cierto es que se entretiene mucho. Los videojuegos -siempre de cariz educativo- la tienen ya muy fascinada.

También le gusta que le expliquen un cuento antes de dormir. Sus padres tienen cuidado de hacer pequeñas enmiendas, especialmente en aquellos cuentos clásicos que podrían herir la sensibilidad de Claudia. Y se lo hacen venir bien para que, por ejemplo, el cazador aparezca justo antes de que el lobo se coma la Caperucita.

La madre de Claudia a menudo se apresura a terminar el trabajo de casa para que cuando llegue su hija de la escuela pueda compartir un rato de juego con ella.

Otra visión

Este sería un relato que se podría enmarcar dentro de la normalidad más absoluta en el entorno social que hoy nos toca vivir. Incluso se podría argumentar que Claudia tiene la gran suerte que velen por su educación de una manera tan cuidadosa. Aun así, hay otra visión, que parte de un conocimiento profundo del niño, y que pondría muchas objeciones a la manera de vivir que le ha tocado a nuestra protagonista de 5 años.

Rudolf Steiner sentaba las bases por una nueva forma de educar, a través de la llamada «pedagogía Waldorf», que hoy es puesta en práctica en una gran cantidad de escuelas de todo el mundo. También actualizaba el antiguo conocimiento según el cual, cada siete años -cada septenio- algo nueva nace en el ser humano.

Hace unos 100 años, Rudolf Steiner sentaba las bases por una nueva forma de educar, a través de la llamada «pedagogía Waldorf», que hoy es puesta en práctica en una gran cantidad de escuelas de todo el mundo. También actualizaba el antiguo conocimiento según el cual, cada siete años -cada septenio- algo nueva nace en el ser humano. El conjunto de crisis, transformaciones y otros acontecimientos que pasan en unas edades determinadas de la vida, son lo que se denomina «las leyes de la biografía humana».

Contrariamente a lo que nuestra sociedad -a menudo con una visión demasiado materialista- tiende a creer, los años más importantes de nuestra vida son justamente los siete primeros. Este primer septenio constituye la base, los cimientos de lo que será la evolución, y también la salud, de toda nuestra vida.

«Leyes» biográficas

A continuación se detallan algunos ejemplos de estas leyes biográficas que, en el caso del primer septenio, se entrelazan con maneras concretas de actuar en el terreno pedagógico:

  • De 0 a 7 años, los ritmos muy marcados son muy importantes en la vida del niño, puesto que le dan la seguridad que necesita.
  • Es muy vulnerable al exceso de estímulos visuales y auditivos. En los primeros años de vida sería muy conveniente una gran protección en este sentido, especialmente en cuanto a los medios tecnológicos
  • El niño llega a la vida convencido que «el mundo es bueno». Si se siente acogido debidamente será un adulto confiado; de lo contrario desconfiará de la vida, de los otros y de sí mismo.
  • Las dolencias infantiles, propias de este primer septenio, son -contrariamente a lo que se cree actualmente- muy beneficiosas para la evolución futura del niño (y no solo físicamente…). En realidad son un intento de este espíritu que llega del cosmos de adaptarse en el cuerpo biológico que le ha tocado como herencia de los padres (es como el zapato nuevo que se va adaptando al pie poco a poco). En cada una de estas dolencias infantiles (sarampión, varicela…) se eliminan sustancias de la etapa embrionaria y, al superar la dolencia, el niño deviene mucho más individualizado, y menos parecido al clan familiar. Por lo tanto, no parecería buena idea intentar evitar estos procesos, la mayoría acompañados de bastante fiebre. No hace tantos años, cuando un niño pasaba el sarampión llevaban a los otros niños del vecindario a su casa para que se le pegara.
  • En esta edad, el niño aprende exclusivamente por imitación. La actitud que tenemos ante él  es muy importante, porque imitará con mucha precisión todos los gestos y actitudes de su entorno. Es bueno que observe profesiones artesanales o trabajos domésticos hechos con conciencia. Por ejemplo, le nutre más ver fregar los platos que pulsar el botón de la máquina que los lava automáticamente.
  • No solo imitan los gestos, sino que tienen un «detector» de pensamientos y sentimientos que hace que, en contacto con un adulto que está nervioso o enfadado, el niño reproduzca, como por ósmosis, este estado.
  • En cuanto al desarrollo intelectual, en este primer septenio tan solo se tendría que potenciar el juego, la actividad artística, la escucha de cuentos, el movimiento y el contacto con la naturaleza. El cuerpo vital del niño se ocupa durante estos primeros siete años de acabar las funciones de los órganos internos, es decir, se ocupa de la salud. Y, al acabar, la última función que realiza es calcificar unos dientes nuevos que empujen las de leche, y entonces se produce el cambio de dentición (que últimamente se ha avanzado mucho, entre otros factores, a causa del exceso de estimulación que recibe el niño). Cuando este cuerpo vital acaba la tarea, se liberan estas fuerzas que se ocupaban de la salud (presente y futura) y quedan disponibles para el aprendizaje. ¡Pero no antes! Cada vez que forzamos prematuramente un proceso intelectual en una edad que no toca, estamos tomando prestadas fuerzas que tendrían que estar ocupadas exclusivamente en la salud del niño.
  • Los cuentos clásicos: primero los de animalitos y a partir de los cuatro o cinco años, los cuentos de hadas (sobre todo los que recopilaron los hermanos Grimm) son un importante alimento anímico para el niño. Pero se tienen que explicar correctamente, respetando la versión original, llena de imágenes arquetípicas del mundo espiritual, que el niño capta muy bien, y que lo nutren internamente por el resto de la vida.

La lista podría continuar largamente, pero es suficiente para tomar conciencia que quizás -todo a pesar de la buena voluntad de padres y educadores- algo falla a la hora de tener cuidado de este primer septenio, el más importante de todos.

Cuidado con las pantallas

Uno de los factores que más altera en esta edad es el contacto prematuro con todo tipo de medios tecnológicos: televisión, ordenadores, videojuegos, música enlatada…

Cuando un adulto ve la televisión, al cabo de unos cinco minutos su hemisferio izquierdo –el de la voluntad, del razonamiento analítico, etc.- queda semidesconectado y funciona solo a pleno rendimiento el hemisferio derecho. Por eso nos entra con facilidad la propaganda (a través de la imagen), y por eso también nos cuesta tanto el gesto de la voluntad de desconectar el aparato de televisión. Este fenómeno sucede porque la imagen, compuesta en este caso por miles de puntitos (bits) que se encienden y se apagan, forma una imagen virtual y nuestro cerebro detecta el engaño y se defiende de este modo. Todo este proceso que se acontece en el adulto, en el caso del niño, obviamente, se agrava todavía más porque no tiene el sistema nervioso debidamente formado, y también porque su gran necesidad de imitar los gestos y de moverse constantemente se ve artificialmente frenada.

Proteger la infancia

Algunas organizaciones a escala internacional, como la Alianza para la Infancia, opinan que, en la época que nos ha tocado de vivir, la infancia está más desprotegida que nunca, aunque pueda parecer lo contrario. La mayoría de adultos están convencidos que, dado que hoy ya no explotamos a nuestros niños en el trabajo, y que les proporcionamos todo lo que necesitan, y todavía mucho más, los niños y niñas de nuestro entorno social no han estado nunca tan bien como ahora. Pero no se dan cuenta de los obstáculos con los que se tienen que enfrentar, la mayoría mucho más sutiles y sofisticados que en otras épocas. Merece la pena ponerle conciencia. Suerte tenemos, aún así, de un fenómeno que parece que está creciendo de forma exponencial: están naciendo cada vez más niños con un nivel de conciencia mucho superior a la de los padres que les han engendrado y a los maestros que les tienen que educar. La esperanza es que ellos sean capaces un día de transformar convenientemente nuestro sistema educativo, en base a la libertad, y nuestro sistema económico en base a una nueva fraternidad. Mientras tanto tenemos el reto de acompañarles lo mejor posible, y de ofrecerles en todo momento acciones dignas de imitar.