A partir de los siete años, los niños experimentan un cambio de etapa muy significativo. Se despliegan las ganas de entender el mundo, de crear, de vivir con cuerpo y alma. Conocer los aspectos más importantes nos ayudará a comprenderlos mejor y a acompañar de manera adecuada su proceso vital. Os ofrecemos las claves desde la visión que inspira la pedagogía Waldorf.

Hace ya algunos años la sabiduría popular afirmaba que cuando un niño llegaba a la edad de siete años ya tenía «uso de razón». Antiguamente había un conocimiento muy preciso sobre las leyes de la biografía humana, según las cuales cada siete años se acontece un cambio de etapa importante. De aquí proviene, por ejemplo, el hecho que, hasta el año 1978, la mayoría de edad estaba establecida en los veintiún años (tres septenios), cosa que todavía sigue vigente en algunos países.

¿Qué querían decir, pues, con la expresión «usos de razón»? Rudolf Steiner, cuando creaba las bases de la pedagogía Waldorf, explicaba que durante los siete primeros años de vida las fuerzas vitales del niño se tendrían que ocupar exclusivamente de acabar de elaborar las funciones de los órganos vitales y de la salud en general. Y que, una vez acabada esta tarea, las fuerzas vitales quedan liberadas para ser utilizadas en el aprendizaje, pero no aún para aprender conceptos abstractos –que se tendrían que introducir durante los catorce años– sino para «aprender artísticamente». Por lo tanto, siempre que interviene prematuramente una educación demasiado intelectual, es en detrimento de crear una base saludable en el niño.

A partir de los siete años se abre una gran curiosidad por aprender y para entender el mundo.

Así pues, una de las cosas a las que se puede referir este «uso de razón» es precisamente el hecho que a partir de los siete años se abre una gran curiosidad por aprender y para entender el mundo.

Lee Simpson

La crisis del décimo año

Alrededor de los nueve años y medio se acontece un cambio de conciencia importante. Va desapareciendo el mundo idílico en el que los padres y maestros eran percibidos de una manera idealizada.

Alrededor de los nueve años y medio se acontece un cambio de conciencia importante. Va desapareciendo el mundo idílico en el que los padres y maestros eran percibidos de una manera idealizada, y da paso a una visión más realista y llena de preguntas nuevas sobre aquello que rodea al niño. Parece como si fuera perdiendo la protección del mundo propio de fantasía que lo amparaba y le hacía de escudo contra el mundo externo.

Como consecuencia, empieza a vivir un tipo de soledad y de recelo. De golpe puede tener miedo de la oscuridad, de estar solo, puede sospechar que hay alguien debajo de la cama… Y también se inician una serie de preguntas basadas en una lógica que antes no tenía, sobre cuestiones que nunca se había planteado. Por ejemplo: «¿Cómo puedo saber que sois mis padres y que no me habéis adoptado?». O bien, si todavía no sabe el secreto de la noche mágica de Reyes, en este momento lo descubre sin que nadie se lo explique. También pueden decir mentiras o tomar cosas… cada cual expresa esta crisis de crecimiento interno a su manera. En todo caso, son manifestaciones que pueden durar unas semanas o unos meses. En la pedagogía Waldorf se denomina esta etapa «el paso del Rubicón».

Aun así, si ponen a prueba la autoridad del adulto no es porque se quieran deshacer de ella, sino para asegurarse que es genuina y coherente. De hecho, necesitan mucho esta «autoridad estimada».

En general, los tres primeros cursos no ofrecen problemas importantes, pero cuando llega el cuarto el grupo se puede manifestar más desobediente y desordenado.

En la escuela suele coincidir con el cuarto curso escolar. En general, los tres primeros cursos no ofrecen problemas importantes, pero cuando llega el cuarto el grupo se puede manifestar más desobediente y desordenado. La relación con el maestro ya no es tan idílica y aparece por primera vez la crítica, fruto de su capacidad de observación, que se ha incrementado mucho. También los cuentos de hadas, que tanto les gustaban, ahora son considerados demasiado infantiles; es el momento de introducir las patrañas y otras narraciones de los grandes héroes de la humanidad (personajes dignos de ser admirados por su ética).

Como padres y madres, hay una actuación importante que hay que tener en cuenta a partir de esta crisis del Rubicón. Si hasta ahora había sido más importante la figura materna, o en todo caso, un referente femenino, a partir de los nueve años y medio empieza a ser imprescindible la figura paterna, o un referente masculino que la sustituya, si el padre es ausente. Esto no significa que el padre no fuera importando hasta ahora, pero en todo caso a partir de esta etapa será muy conveniente que dedique más tiempo, ya sea para compartir o bien para enseñarle cosas quizás más prácticas y operativas que las que aprende con la madre, puesto que ella le ofrece sobre todo el envoltorio anímico.

Aparición de los temperamentos

A pesar de que ya llevamos la base del temperamento personal como una semilla desde que nacemos, no es hasta el segundo septenio que se abre con toda la plenitud.

A pesar de que ya llevamos la base del temperamento personal como una semilla desde que nacemos, no es hasta el segundo septenio que se abre con toda la plenitud. De hecho, todos tenemos en alguna medida los cuatro temperamentos, pero en diferentes proporciones. En el primer septenio se puede intuir ya, en general, qué tendencia temperamental habrá, pero a partir de los siete años se va haciendo patente el temperamento predominante.

Por lo tanto, el hecho que predomine el temperamento flemático, melancólico, sanguíneo o colérico no depende del tipo de educación recibida, sino que ya venía predeterminado como una herramienta que tiene que ayudar al niño o a la niña a lograr su propósito de vida. De forma que varios hermanos pueden fácilmente tener un predominio temperamental diferente. Un niño con mucha tendencia melancólica, por ejemplo, nos está indicando que seguramente aquello que ha venido a hacer en esta vida tiene que ver con la facilidad de entender a los otros o con alguna tarea que requiera sensibilidad artística.

Conviene, pues, a lo largo de este segundo septenio ir observando cómo se va perfilando el temperamento para que el tipo de educación e incluso el tipo de alimentación sean adecuadas.

Edades espejo

Cuando hacemos el estudio biográfico tenemos en cuenta cómo algunos hechos de la vida de una persona se reflejan en los de otra edad determinada. En este sentido, el segundo septenio (7 a 14 años) y el quinto (28 a 35 años) tienen una cierta correspondencia. Por ejemplo, si durante la etapa escolar hemos sido educados de manera competitiva («lo importante del deporte es ganar», «a ver quién saca mejores notas…», «tu hermano, en tu edad…», etc.) se ha creado una semilla para que de los 28 a 35 años germine esta actitud en una forma poco ética de relacionarnos y de hacernos un lugar en el mundo profesional. Del mismo modo, si hemos sido educados en el segundo septenio de forma artística –que no quiere decir solo disfrutar de actividades artísticas–, a partir de los 28 años seremos personas creativas, que no se ahogan ante las dificultades, sino que buscan estrategias para salirse. Por lo tanto, si queremos un mundo futuro en el cual la cooperación sustituya la competencia, tenemos un gran reto que empieza por ser conscientes de los valores con los cuales nutrimos a los niños y niñas en esta etapa tan decisiva de la vida.

Sonja Stich

Acompañar el cambio de septenio

  • Si en el primer septenio aprendía por imitación, ahora lo hace creativamente. Ya no le tenemos que dar modelos dignos de imitar, sino personas dignas de admirar, es decir, que sean un referente auténtico, una «autoridad» en aquello que enseñan (autoridad proviene de «autor»).
  • También en el juego deja de imitar y le complace la creación de situaciones nuevas. Steiner decía que, cuanto más seriamente el niño se aboca a su juego, más responsabilidad y entusiasmo imprimirá en el futuro en su vida profesional. Por lo tanto, conviene que también los adultos nos tomemos seriamente la actividad del juego, y no lo consideremos solo como una manera de tenerlos entretenidos.
  • Ahora disminuyen las dolencias típicamente infantiles; de hecho es la etapa más saludable de la vida, porque la proporción entre la cabeza, el cuerpo y las extremidades es muy armónica (por eso se mueve con mucha agilidad). Tendríamos que propiciar actividades relacionadas con la naturaleza (andar por el bosque, trepar por los árboles…) y limitar mucho el contacto con todo el mundo de las nuevas tecnologías, que los mantienen sedentarios y limitan la imaginación. También se les tendrían que explicar muchos cuentos de hadas a primeros del septenio, y más adelante patrañas y narraciones. Además de favorecer la fantasía, es un auténtico alimento anímico.
  • En el primer septenio tenía mucha importancia el movimiento y la acción; ahora se empieza a desplegar la actividad de los sentimientos. Enriquecer la fantasía es la mejor escuela para el aprendizaje de la vida emotiva. Si en esta etapa nos descuidamos de nutrir adecuadamente el ámbito del sentimiento, la consecuencia será que en el próximo septenio necesitará compulsivamente sentir emociones fuertes y desproporcionadas.
  • Los hábitos que se instalan en esta época suelen perdurar toda la vida. Por lo tanto, conviene poner mucha cuidado en vigilar especialmente aquellos hábitos de alimentación, higiene y rutinas diarias, pero sobre todo los hábitos morales. Igualmente si se adquiere un mal hábito antes de los catorce años, por ejemplo, empezar a fumar, será mucho más difícil desprenderse, porque en esta época quedan impregnados mucho más profundamente.
  • En este septenio habría que aprender conceptos nuevos desde una forma artística o con ayuda del ritmo (por ejemplo, saltar a cuerda u otra actividad rítmica mientras se memorizan las tablas de multiplicar). Para nutrir su curiosidad y anhelo de admiración no podemos explicar los conocimientos de manera científica y fría, como lo haríamos con un adulto. Todo aquello que memoriza de manera repetitiva y estática lo olvidará fácilmente. En cambio, retendrá con facilidad lo que aprenda por medio de experiencias anímicas, artísticas o rítmicas.
  • Es muy importante que aprenda a valorizar y a admirar. Y, sobre todo, a agradecer. El ideal básico de esta edad es la belleza. Por lo tanto, tenemos que proporcionarle ambientes y situaciones donde pueda quedar profundamente admirado, junto con personas que se conviertan en un «autoridad estimada» («Me gustaría llegar a ser cómo…»). Si no ha podido abrir este anhelo de admiración, de mayor le será más difícil encontrar cosas que lo motiven; necesitará impresiones fuertes.
  • Durante este segundo septenio se acaban de regular las funciones de los órganos rítmicos (corazón y pulmones), y poco a poco va adquiriendo la proporción rítmica que tenemos los adultos: por cada respiración hay cuatro latidos del corazón (esta sería la proporción saludable, que se desajusta en momentos de estrés u otros desequilibrios). Por lo tanto, es muy bueno facilitar a los niños y niñas de esta etapa algunas actividades relacionadas con el ritmo: canto, danza, música… Y también, por supuesto, que las rutinas de la vida cotidiana no marchen excesivamente de unos ritmos estables. Esto puede evitar futuros trastornos de salud relacionados con el sistema rítmico. Decía Steiner, «que tu medicina sea la pedagogía».