La infancia no es más que otra frontera, un gueto, como dice André Stern, donde excluir todo lo que en el fondo, da miedo. El amor, el placer por la vida y la libertad. Un miedo sembrado en el vientre materno, donde la misma vida que eclosiona con fuerza, amor y confianza, es a menudo anestesiada, cuestionada, anulada. Como ya decía Erich Fromm, nuestro miedo a la Libertad nos lleva a ser esclavos de nosotros mismos / as, a construir los muros de nuestras cárceles. El edadismo, o discriminación por edad, sitúa al adulto en una posición de dominio, que mira al niño como un ser incompleto y por lo tanto inferior en derechos.
André Stern pasó por Barcelona y nos invitó a hacer un cambio de mirada, donde el respeto y la confianza hacia el niño y su juego sean prioridad y referente para nosotros, adultos en la búsqueda del entusiasmo y el sentido de vivir.

André Stern es hijo de Arno Stern, “padre” de la Educación Creadora. Como hijo, ha vivido la experiencia de convivir con sus padres con una mirada de respeto y gran confianza hacia su persona. Ha sido un niño inmerso en el juego, desplegando con libertad sus intereses y potenciales, con una mirada de no juicio y aceptación plena hacia su persona. No fue escolarizado, no por razones ideológicas, sino como lógica dentro de su mundo, donde el juego era su medio de aprendizaje.
Autodidacta en la vida, su juego le ha llevado a hacer de lutier, periodista, actor, escritor, conferenciante entre otras muchas pasiones que hacen que se siga presentando al mundo como un niño de 48 años que no ha dejado de jugar.

Entre sus últimas publicaciones está «Jugar» (Ed. Litera), un libro lleno de espontaneidad, profundidad, sinergias, vida, como el mismo juego del que habla. De la mano de «Jugar y jugar» (que celebra su 10º aniversario), y «Grapat», dos pequeñas grandes empresa familiares, referentes ya por su apuesta por el respeto al juego, al mundo de la infancia y su búsqueda de materiales y juguetes de calidad, hemos podido asistir y disfrutar de la presentación de este libro en Barcelona, ​​y de sus desveladoras reflexiones en torno a la infancia y el juego. Un par de horas antes, además, tuvimos el privilegio de una conversación en “petit comité” con él.

André Stern es embajador de una nueva conciencia hacia la infancia, nos habla de un nuevo paradigma en las relaciones humanas y en la mirada que tenemos hacia los niños.

Para Stern, cuando venimos al mundo somos como pequeñas grandes semillas que contenemos en nuestro interior todas las potencialidades, dispuestos a desplegar de dentro a fuera todo lo que tiene que ver con nuestra esencia. Asimismo, venimos equipados de la mejor herramienta de aprendizaje para hacerlo: el juego. El juego es el activador de nuestras potencialidades. El medio en el que esta semilla irá arraigando y floreciendo.

Vivimos, sin embargo, todavía, en una cultura del miedo, donde la homogeneización, la castración del placer, de la singularidad, son claves para mantener una apariencia de control y seguridad. Todo ello mediante la ley del más fuerte, donde la infancia termina siendo el punto 0 del peldaño.

André Stern es embajador de una nueva conciencia hacia la infancia, nos habla de un nuevo paradigma en las relaciones humanas y en la mirada que tenemos hacia los niños.

André nos invita a invertir esta escalera, y a ver al niño como el punto máximo de la evolución, donde encontramos al ser humano en todo su potencial, y es a medida que nos vamos alejando del juego, del entusiasmo y nos vamos insertando en una cultura adoctrinadora que nos enajena, que vamos homogeneizándonos y perdiendo la singularidad, la genialidad que hay dentro de cada uno de nosotros.

Por otra parte las cifras aumentan … El 85% de la población mundial trabaja de lo que no le gusta. En España, se estima que 1 de cada 4, es decir, un 25% de la población, tiene o tendrá algún tipo de problema de salud mental a lo largo de su vida. Y ante estos datos, cabe preguntarse: ¿Qué infancia hemos destruido, a la vista de unos adultos tan oprimidos? O ¿qué infancia necesitamos para un futuro más esperanzador?

André Stern nos habla del Edadismo: de la discriminación por edad, y de la infancia como un gueto. Fiel al amor y la aceptación que necesita para sobrevivir, el niño se somete lealmente a aceptar actitudes, comportamientos y toda una serie de ideas preconcebidas de lo que se supone que debe ser y es un niño. El niño es agredido sistemáticamente en su dignidad de ser, recibe agresiones que como adultos no aceptaríamos, pero desde la mirada de superioridad y edadismo hemos creado una cultura que lo acepta, normaliza y banaliza.

El juego es el activador de nuestras potencialidades. El medio en el que esta semilla irá arraigando y floreciendo.

Esta es la herida que todos / as llevamos dentro, la herida del niño o niña que fuimos, y no fue reconocido en todos sus potenciales. Un niño o niña que tuvo que aceptar una mirada de inferioridad por parte del adulto, un niño o niña que vivió la exigencia de un sistema que esperaba algo más de lo que ya era. Un niño o niña que era invisible ante la sociedad o infravalorado en sus capacidades. Esta herida es la herida que como adultos y adultas llevamos y que no nos permite relacionarnos con confianza con la vida.

André Stern, ante todo esto, nos llena de coraje para hacer un cambio de mirada hacia la infancia. Un cambio que, como él dice, “puede cambiar el mundo entero, en una sola generación”.

Nuestros niños y niñas sólo quieren tener un puerto, un puerto donde poder amarrar seguros, el puerto de la confianza, donde puedan sentir que, pase lo que pase, «Yo te quiero, porque eres como eres». Y con esta seguridad, que todo está dentro de nosotros, y no nos falta nada, poder ir a descubrir todo un mar de infinitas posibilidades, la vida.

El placer es el timón

De la mano del juego, el niño o niña navega con seguridad, y en este estado de juego, donde el placer es el timón, y el niño o niña el capitán, donde irá adquiriendo nuevos aprendizajes, que lo llevarán a nuevas derivas, donde un sí a la vida le hace avanzar, donde el juego y la vida se abrazan, donde el entusiasmo es el motor, y el barco puede sumergirse a grandes profundidades perdiéndose en el infinito océano del conocimiento-mente, donde no existen las fronteras y todo se diluye en un solo fin, vivir, crear, ser.
El juego, como dice André, es un estado, es el medio natural donde el niño o niña se desarrolla, como pez en el mar, en este medio, todo es posible, se desvanece la frontera entre lo real y lo irreal, no hay límites. Todo un mundo en nuestras manos.

El niño o la niña vive el momento presente intensamente, concentrado, se entrega incondicionalmente, confía en lo que hace, coopera para algo más elevado, va más allá de sus límites, busca la perfección, no existe el error, sí el aprendizaje , sí el coraje de seguir a pesar de todo, adelante, adelante, confiando!

Estas cualidades naturales que desarrolla la infancia mediante el juego, son las que nuestra cultura / sociedad desea ver en las personas adultas que la configuran: concentración, superación, cooperación, esfuerzo, constancia, creatividad, entusiasmo, fuerza, voluntad, flexibilización-dad , … etc. Pero entonces … ¿de dónde surge el miedo que en nuestra cultura separa a las niñas y los niños de la fuente de todos estos potenciales, separando a los niños y niñas del juego; separando el juego del aprendizaje y buscando todos estos valores, únicamente desde la razón, el aprendizaje memorístico y una moral desligada de la misma vida?

Como dice Stern, “sólo hay una actividad que active constantemente nuestros centros emocionales: esta es el juego”.

André Stern colabora con varios científicos, y comenta el hecho de que según muchos estudios, la vida es cooperación, la vida es ahorro energético, la vida son sinergias, y sobre todo la vida es movimiento, cambio, adaptación, creación constante, cualidades que el juego nos da y así nos entrena para la vida misma.

Como explica él mismo, estudios recientes dicen que para que se dé el aprendizaje, se deben activar nuestros centros emocionales. Nuestro sistema educativo se basa en el aprendizaje memorístico, por ello olvidamos el 90% de lo que «aprendemos». El 10% restante son cosas que aprendimos porque nuestros centros emocionales estaban activos, sentíamos un interés, una motivación real. Y como dice Stern, “sólo hay una actividad que active constantemente nuestros centros emocionales: esta es el juego”.

Además, el entusiasmo en los niños y niñas mueve el entusiasmo en los adultos: un niño se enamora por un tema, y ​​de repente todo el mundo hace lo posible para que lo disfrute. Y así el canmbio de actitud también es hacia uno / a mismo / a como adulto / a.

André finalizó la conferencia haciéndonos una invitación a pasar al otro lado del espejo, donde reina la confianza, y a quedarnos unos instantes, tal vez unos minutos, unas horas o quien sabe, quedarnos allí y ya está. Pues cada minuto que pasamos del lado de la confianza, es una bendición para la infancia, para la Humanidad.

Nuestros niños se convertirán en lo que nosotros vemos en ellos, pero también se convertirán en lo que ven en nosotros. Si queremos que nuestros hijos e hijas sean adultos felices, si queremos esto de verdad, tenemos que vivir ante ellos y ellas como adultos felices. Si no, el peso de la responsabilidad sobre ellos es muy grande.

Estemos en puerto para amarrar la confianza que merecemos y merecen,
despleguemos las velas sin miedo a la libertad que las ondea
naveguemos en las profundidades de la existencia
recojamos tesoros, que la vida nos espera.
Y si acaso, algún día naufragamos,
no dejemos de jugar, que la mar es dulce y salada
dulce y salada, dulce y salada.