La capacidad de luchar en la vida depende de un desarrollo equilibrado de la agresividad. Acompañarla implica aceptarla y facilitar su simbolización y posterior integración en un contexto de reglas. Lo tenemos que ver formando parte de una totalidad más grande que incluya el instinto de apego. A pesar de que tiene una base biológica, la mente humana añade una gran complejidad. Podemos establecer unas fases diferenciadas en la forma en que se manifiesta la agresividad a lo largo de la evolución y en la forma de acompañarla.

Podemos evocar la imagen de dos cachorros de perro o de gato jugando a pelearse. Sus movimientos son de lucha pero no se hacen daño. Tienen la capacidad de graduar la intensidad de sus acciones. Los humanos también tenemos esta capacidad, pero a menudo se ve alterada por una intervención que no sabe qué hacer con esta agresividad sana y natural. Muchas veces el adulto no tiene claridad ni recursos para acompañarla. Además, acompañar estos juegos actualiza sus vivencias antiguas, implicando su historia personal. Fácilmente la tendencia es la de reprimir, no sea caso que “se hagan daño” o se ”acostumbren a zurrarse”.

La agresividad está muy ligada al instinto y tiene que poder evolucionar de una forma sana porque es un recurso que nos ayuda a desarrollar la capacidad de luchar en la vida.

Obviamente, no estoy hablando de violencia, sino de un uso adecuado de esta energía. El empoderamiento, del que tanto se habla últimamente, implica un uso adecuado de la agresividad. Los adultos a menudo damos un mensaje ambivalente que, por un lado, reprime este impulso y, por el otro, exige una capacidad de autonomía, iniciativa y logro de retos. Esto provoca confusión y bloquea la energía de los niños y las niñas.

Los adultos a menudo damos un mensaje ambivalente que, por un lado, reprime este impulso y, por el otro, exige una capacidad de autonomía, iniciativa y logro de retos. Esto provoca confusión y bloquea la energía de los niños y las niña

Para contextualizar este concepto quiero utilizar un concepto muy antiguo y que está en el cimiento de modelos posteriores: los opuestos complementarios Yin y Yang. Yin representa la unión, la recepción y la inclusión, Yang representa la diferenciación, la expansión y la autoafirmación. No hay ningún juicio de valor en este modelo, ambos polos son igualmente necesarios para que se dé un equilibrio. Esta polaridad también está presente en el concepto de impulso unitario (subimpulso tierno y subimpulso agresivo) desarrollado por Albert Gutierrez (2009) y a la pulsión de apego y de dominio, conceptos fundamentales en la práctica psicomotriz (Arnaiz, P. Rabadán, M. y Vives, Y, 2001, pág. 26).

A partir de estos modelos, podemos decir que hay un impulso que nos lleva a la unión con el otro, y que se expresa de forma muy evidente en el amor fusional entre la madre y el bebé y otro impulso que nos facilita la diferenciación a través de la exploración del medio externo o la oposición con el otro. La agresividad forma parte de este segundo impulso, y la podemos acompañar en la medida que lo primero esté asegurado. Es decir: es cuando hay una aceptación incondicional en la relación que podemos acompañarla adecuadamente.

Esta dialéctica entre dos fuerzas se da desde bien pronto. Cuanto menos, en el parto hay un momento en que se pone en juego esta capacidad agresiva. Bernard Montaud (1993) describe así la tercera etapa del nacimiento: Esta naciendo, salido de un vientre que de momento no es diferente a él. Su madre y él son el mismo. Aun así, está atrapado en la pelvis. Si se queda para no ver sufrir aquel vientre, él sufre. Si pasa para salvar su piel, tendrá que rasgar el vientre que le conduce al mundo. Es una elección indispensable la que se le propone, una elección de héroe: será necesario que rasgue aquello que le conduce al mundo si quiere vivir (traducido por el autor).

Origen y funcionalidad

“…muchas veces, uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos el tiempo para mirar vine, nos damos cuenta que esta furia que vemos es solo un disfraz, y que detrás, en realidad, se esconde la tristeza”.

Del cuento La tristeza y la furia, Bucay, J. (1999)

La agresividad se ha estudiado desde diferentes teorías y modelos diversos. Konrad Lorenz (1972), desde una perspectiva evolucionista, argumenta su funcionalidad en el mundo animal, extrapolando sus observaciones al ámbito humano. Su visión, muy en la línea del evolucionismo darwinista, hace hincapié en la competitividad. Autores posteriores como Lynn Margulis (2002) y Colin Tudge (2014) han destacado la dimensión cooperativa y simbiótica de la naturaleza.

La observación y estudio del mundo animal nos permite contemplar la agresividad como un mecanismo adaptativo –tan importante como el apego y la cooperación- que facilita la supervivencia del individuo y de la especie. Pero la agresividad, en el ser humano, es  mucho más compleja.

La agresividad humana tiene una base biológica evidente. Ante una amenaza, se desencadenan toda una serie de reacciones fisiológicas que activan respuestas primarias que compartimos con muchos niveles del reino animal. En este artículo nos ubicamos en un ámbito más psicológico y pedagógico.

Las emociones difíciles de gestionar, como la rabia y el miedo, están muy relacionadas con el ataque o fuga instintiva ante una amenaza. Pero así como los animales reaccionan con una duración adecuada y ajustada al estímulo que lo ha provocado, los seres humanos sostienen esta reacción cuando ya no es necesaria.

Una persona puede vivir en una situación continuada de estrés sosteniendo de forma inconsciente emociones que se han creado a partir de vivencias muy antiguas. Esta es la gran diferencia entre el ser humano y el animal. El ser humano tiene una capacidad representativa que recuerda y sostiene estados emocionales generados en experiencias anteriores.

Por eso, la agresividad humana se caracteriza por una gran complejidad y no es suficiente un abordaje basado en el comportamiento animal y en la conducta. En el ser humano conviven una naturaleza animal, con instintos muy primarios, y una naturaleza humana que tiene conciencia y puede reflexionar sobre las consecuencias de sus acciones. A menudo estos dos aspectos se oponen. Por otro lado, vivimos el presente en función de experiencias arcaicas, la memoria de las cuales es inconsciente.

En el ser humano conviven una naturaleza animal, con instintos muy primarios, y una naturaleza humana que tiene conciencia y puede reflexionar sobre las consecuencias de sus acciones. A menudo estos dos aspectos se oponen.

Para avanzar en su comprensión, nos tenemos que remitir a modelos que contemplen la complejidad de la psique humana, como el psicoanálisis u otras teorías que se han fundamentado o han integrado algunos de sus principios.

Freud desarrolló la idea, ampliamente aceptada en la actualidad, que las primeras vivencias quedan almacenadas de forma inconsciente, determinando la personalidad y, por lo tanto, bajo qué perspectiva vivimos nuestra existencia.

En el origen de la agresividad siempre hay la frustración del deseo. Una vivencia dolorosa a partir de necesidades no cubiertas.

El deseo del bebé de continuar unido a la madre es absoluto y, obviamente, no puede ser cubierto en su totalidad. El dolor que provoca esta frustración es el origen de la agresividad primaria. Y tenemos que ver este proceso como algo necesario. La frustración tiene que ser para evolucionar. La madre nunca cumplirá totalmente el deseo del bebé, por fortuna. Lo que hace falta es una “madre suficientemente buena” como diría Winnicott.

Nos construimos en la relación con el otro a partir de la dialéctica que se establece entre nuestro deseo y los límites que la realidad impone. De todas maneras, para no caer en una reducción exagerada, también se tiene que decir que una falta de límites y, por lo tanto, una vivencia excesiva de omnipotencia, también implica problemas con la agresividad.

Nos construimos en la relación con el otro a partir de la dialéctica que se establece entre nuestro deseo y los límites que la realidad impone

Si un niño no aprende a gestionar la frustración, gracias a los límites amorosos en la primera relación, fácilmente tendrá problemas más adelante y probablemente, gran parte de esta agresividad se volverá contra la madre. Este hecho está muy muy descrito por Boris Cyrulnik (2008) en el capítulo “Los niños malogrados como la fruta”. En la resposta agressiva d’un esser humà s’integra l’instint animal de supervivència amb emocions molt mes complexes, producte de la seva història personal.

En la respuesta agresiva de uno ser humano se integra el instinto animal de supervivencia con emociones mucho mes complejas, producto de su historia personal.

Entonces, ¿como acompañar este impulso vital y necesario? ¿Como detectar y acompañar cuando se produce inhibición o una manifestación excesiva del impulso agresivo?

Etapas, prevención e intervención

“Necesitamos, pues, transponerla al ámbito simbólico, donde la agresión podrá ser aceptada y desculpabilizada. Este es el sentido de todos los juegos de agresión que nosotros proponemos y estimulamos”

Aucouturier (1984)

La práctica psicomotriz tiene el gran mérito de facilitar formas para hacer evolucionar la agresividad sin reprimirla. Por un lado, dejando que se exprese de forma segura, y por la otra, facilitando su simbolización.

A partir de la propuesta de la práctica psicomotriz y otras aportaciones (psicología evolutiva, lenguajes expresivos, arteterapia, artes marciales y otros), podemos establecer tres grandes fases en la evolución de la agresividad y en su acompañamiento.

Fase presimbólica

Esta etapa es ideal para aprender con el cuerpo el autocontrol de la agresividad

En esta etapa que va desde el nacimiento hasta los tres años, dejamos que haya una exploración del medio, que el niño pueda enfrentarse a retos, y dejamos que el juego de pulsión también pueda desarrollarse: destrucción de pilas de almohadas, otras destrucciones contextualizadas, luchas con almohadas y el juego de lucha cuerpo a cuerpo con el adulto. Esta etapa es ideal para aprender con el cuerpo el autocontrol de la agresividad. Es un aprendizaje corporal. La lucha jugada con el adulto, cuerpo a cuerpo, es un gran recurso para desarrollar la capacidad agresiva junto con la empatía

Fase simbólica

No nos asustemos de la inmensa agresividad simbólica que los niños y niñas son capaces de desplegar, en un contexto de juego esto es muy sanador.

A partir de los tres años y hasta los cinco, con el aumento de las capacidades físicas, también aumenta la necesidad física de luchar, pero con el desarrollo del lenguaje, emerge la posibilidad de integrar la agresividad en un contexto simbólico. El juego simbólico intenso y acompañado es un medio privilegiado para que se exprese la agresividad, que muchas veces tiene un gran componente físico. También tenemos que tener en cuenta que en esta fase se inicia la separación emocional de la madre, lo cual implica toda una serie de emociones muy intensas y profundas: miedo, rabia, rivalidad, etc. El juego simbólico facilita la expresión y elaboración de estas emociones. No nos asustemos de la inmensa agresividad simbólica que los niños y niñas son capaces de desplegar, en un contexto de juego esto es muy sanador. De alguna forma le estamos diciendo al niño: lo que piensas y sientes no es malo, puedes expresarlo en forma de juego.

Fase reglada

Se puede luchar con la más grande intensidad sin fomentar la competitividad. La cuestión es dónde pongo la atención: si en el resultado o en la actitud.

A partir de los seis o siete años, la actividad reglada de oposición puede ser un eficaz canalizador de la agresividad. En esta fase, la maduración intelectual y emocional facilitan que los niños puedan integrarse en un contexto de reglas, lo cual es una gran ayuda de cara a la socialización. En la actividad reglada hay un objetivo que tiene que ser logrado respetando unas limitaciones. Es una lucha regulada por reglas. Esto no implica necesariamente desarrollar la competitividad. Se puede luchar con la más grande intensidad sin fomentar la competitividad. La cuestión es dónde pongo la atención: si en el resultado o en la actitud. Queremos favorecer la capacidad de luchar, no el ego. Un acompañamiento de este juego es un recurso muy valioso para canalizar la agresividad.

La actividad reglada de oposición puede organizarse de formas diversas. Puede ser una confrontación de dos personas en una situación de lucha con unos objetivos y reglas muy definidas, o puede ser una oposición el objetivo de la cual se sitúa fuera del cuerpo del otro, como, por ejemplo, meter un objeto en algún lugar.

Pueden ser también situaciones de grupo, en las que un grupo lucha contra otro. En este caso, para no favorecer la competitividad, recomendamos la disimetría, es decir, los objetivos de los dos grupos son diferentes. De alguna forma, un grupo dinamiza al otro, como por ejemplo aquellos juegos en los que un grupo persigue otro.

El acompañamiento de estos juegos puede favorecer la participación en la modificación de reglas y el análisis de estrategias, por lo cual la agresividad se va transformando a través del pensamiento.

De esta forma la energía primaria agresiva puede nutrir otras capacidades, más relacionadas con el pensamiento abstracto y las habilidades sociales: escucha, empatía, etc.

Estas serían diferentes formas generales y preventivas de dejar que la agresividad devenga un recurso para la vida y no quede reprimida, bloqueando nuestro movimiento en la vida, o bien devenga desmesurada, creando problemas de relación.

Pero cuando se trata de casos particulares en los que detectamos una disfuncionalidad, en un sentido o en otro, podemos servirnos también otros recursos.

La práctica psicomotriz plantea un nivel de ayuda y otro de terapia para facilitar la evolución de la agresividad cuando esta presenta alguna alteración. Pero también hay prácticas terapéuticas que comparten esta mirada de ir a su origen y evocar las emociones reprimidas para ser revividas, como la terapia psicocorporal integrativa o la terapia post-reichiana, entre otras.

Conclusiones

La agresividad forma parte de un impulso de vida que integra dos movimientos opuestos pero complementarios. Uno de ellos nos lleva a la unión y se expresa tanto en la primera relación como en cualquier otra relación humana, así como en la pertenencia a un grupo, a la humanidad, a nuestro ecosistema o al universo. La otra nos lleva a la diferenciación y a menudo se manifiesta a través de la oposición. Esta oposición puede acontecer en contextos espontáneos o como propuesta del adulto.
Puede desarrollarse de forma más primaria, simbólica o regulada por reglas, pero el objetivo siempre es la comunicación: el delicado equilibrio entre la autoafirmación y el respeto y la aceptación del otro. La forma de acompañar la agresividad para que evolucione implica siempre su aceptación, que la desculpabiliza y permite que se exprese, y un contexto de límites seguros.

Para ayudar a madurar a nuestros niños, es necesario preservar la agresividad natural y sanar la específicamente humana, tanto si se manifiesta de forma inhibida como excesiva.

Pere Juan Duque es psicólogo, psicomotricista y técnico en lenguajes expresivos. Durante 15 años responsable del proyecto La Caseta. Actualmente es formador en educación libre y en artes marciales integradas (AMI) y miembro de la XELL (Red de educación libre).

Bibliografía

Albert Gutierrez, JJ. (2009): Ternura y agresividad. Madrid: Mandala

Arnaiz, P; Vives, I y Rabadam, M. (2001): La psicomotricidad en la escuela, una práctica preventiva y educativa. Málaga: Aljibe

Aucouturier, B; Darrault, I; Empinet, J.L (1985): La práctica psicomotriz. Reeducación y Terapia. Barcelona. Editorial Científico-médica

Bucay, J. (1999): Cuentos para pensar. Barcelona: RBA

Cyrulnik, B. (2008): El amor que nos cura. Barcelona: Gedisa

Lapierre, L. y Aucouturier, B.( 1977): Simbología del movimiento. Barcelona: Ed. Científico- Médica.

Lorenz, K (1972): Sobre la agresión: el pretendido mal. Madrid: Siglo XXI

Margulis, L (2002): Planeta simbiótico. Madrid: Debate

Tudge, C (2014): Por qué los genes no son egoístas. Madrid: Arte Editorial

Artículos

Juan, P (2017): “Artes marciales en primaria. Facilitar el empoderamiento de niños y niñas”. Revista Tándem nº 58.

Juan, P (2001): “La agresividad”. Entre Lineas. Revista especializada en psicomotricidad. Nº 10.

Montaud, B (1993): “Las siete etapas del nacimiento”. Revista Tercer Milenio, nº 2.

Comunicaciones

Juan, P (1999): “Psicomotricidad y riesgo social”. Congrés estatal de psicomotricitat (Federació d’Associacions de Psicomotricistes de l’Estat Espanyol). 5-7 Novembre de 1999.